BÖMARZO

Vicente, que dejó la joya de la corona en las capaces manos de su hijo Marcos, sigue cultivando su pasión gastronómica en este lugar de La Guía.

En  Yantar del Comercio Digital 29 agosto de 2019

Bömarzo, como el jardín encantado del palacio de los Orsini, pero coronada la ‘o’ mediante diéresis, ojos y boca abierta de la terrorífica y grotesca cabeza del orco que, entre otras esculturas de piedra, son entretenimiento de aristócratas, y símbolos demoníacos.

Vicente Crespo, que admira el Jardín de los Caprichos y misterios situado cerca de Viterbo, y también la densa y magnífica novela del argentino Mújica Laínez, eligió el nombre por trabajar igualmente jardines de caprichos y misterios; no con piedra tallada, por supuesto, y sí esculpiendo huerta, monte y mar.

 

Y ha colocado su reino de condottiero en un paso de avenidas, chalés, centros de artes, hospitales y estadios para que su oferta, imitando al Jardín de los Monstruos, sirva al comensal de reposo y placer, de rehabilitación cotidiana y celebraciones.

Sirviendo vinos, platos y atenciones, la marca de los Orsini y de los Crespo trazan puentes.

Junto a Vicente está de encargada Alicia, que une a sus estudios y formaciones el tener por padres a Nino y Alicia, ya felizmente jubilados y dueños largos años de La Pámpana, entre las mejores sidrerías gijonesas: hace veinte años, coincidiendo con la inaugural edición de las Calderetas, nos la preparó y reprodujo siguiendo fielmente la receta heredada de don Calixto Alvargonzález, nuestro primer director.

Pero puede que algún desavisado se pregunte: ¿El restaurante de Vicente Crespo no es ese que aparece -siempre discreto y a puerta cerrada- encabezando preferencias en guías y opiniones? Sí. Solo que Vicente lo levantó y Marcos, su hijo, lo mantiene y prolonga en plenitudes, que existen sucesores de talla. Aquí, de tal palo tal astilla se traduce por preservar, mantener, e incluso incrementar lo logrado.

Y si Marcos el joven vigila la base del patrimonio, Vicente el maduro prefiere otros retos antes de una jubilación que,en su oficio, siempre se procrastina: puso cimientos al Doble Q, innovó con el 985 y lo reencontramos finalmente aquí, en su -insistimos- jardín de los caprichos y los misterios, precedido por terraza, con los retorcidos troncos de la carbayera de El Tragamón pintados por Fueyo, y colores crema y ocre dominando, mientras el mobiliario -de las sillas de varillas a los sofás, de la mesita de cristal a la restaurada mesa grande de cocina, de la chimenea a los taburetes- crea rincones alrededor de las centrales columnas pareadas, las lámparas y los aparadores.

Hay desayuno, almuerzo, merienda y cena, cafés y tés seleccionados, chocolates de marca propia, bollerías con igual garantía; y también terrina de Foie y pistachos, sardina ahumada y pimientos entrecallados, calamares de potera y ali-oli de su tinta, tartar de salmón y almendras, nuestro salpicón de marisco, croquetas de carabineros, risotto de macedonia de setas, arroz meloso con langostinos o verduras, rollo de bonito, presa ibérica con frutos rojos, solomillo de xata al foie con reducción de PX, escalope de hígado fresco de pato y cebolla confitada, cazuela de bacalao, pulpín de pedreru, puré de patata y aceite de pimentón, coulant de chocolate y leche merengada (¡ay que vaca tan salada!).

Repito: los Bömarzo y los Crespo firman obras imaginativas; eso sí, los Crespo exclusivamente sabrosas y pacíficas.

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